Saborizantes

Sabores y aromas artificiales, el gran misterio


Llegamos a uno de los ingredientes más opacos en los alimentos que compramos, los sabores o aromas artificiales. Estas palabras abarcan una gran variedad de sustancias químicas, que en muchas ocasiones se mantienen sin revelar, al amparo de la ley. No se trata, sin embargo, de ingredientes poco comunes. Según la EWG, de los 80.000 alimentos que componen su base de datos, están presentes en una cuarta parte de ellos, solo superados por la sal, el agua y el azúcar.

 

Detrás de la simple denominación “sabores artificiales” se esconde algo complejo. Además de la presencia de los químicos propios de esos sabores, a menudo se realizan mezclas o preparaciones que necesitan para su elaboración distintos emulsionantes, disolventes y conservantes, llamados “aditivos accidentales”, y que los fabricantes no tienen obligación de incluir en la etiqueta. Estas preparaciones pueden contener hasta 100 sustancias distintas, y representar hasta el 80-90% de la mezcla.

 

Incluso los sabores naturales pueden contener sustancias reconocidas de sobra como tóxicas, como el glicol de propileno (propylene glicol) y el BHA. Esto es así porque los extractos de sabores y demás ingredientes derivados de los cultivos transgénicos pueden etiquetarse con la palabra “natural”, que no se encuentra bien definida. Este es un asunto que creó polémica hace tiempo y por eso se decidió usar la palabra “orgánico” para los productos realmente naturales, pero sigue generando confusión.

 

En otras ocasiones encontramos simplemente el término saborizantes, que es aún más opaco, pues puede referirse tanto a sabores naturales como artificiales.

 

En la Unión Europea actualmente se permiten 2.500 sustancias aromatizantes. El proceso de autorización es exigente, pero el etiquetado deja mucho que desear. Es cierto que la composición de los aromas es compleja y un listado completo es prácticamente imposible, pero podría darse una información menos confusa. Los responsables manifiestan que el etiquetado no puede llevar a confusión al consumidor, pero en la práctica no hacen nada por impedirlo. Por poner un ejemplo, está  el caso del “aroma de limón”. Ya que esta denominación puede llevar a pensar que su origen es limón natural, desaconsejan usarla (una recomendación, no una norma). Resulta que indicar que es sintético es tan sencillo como utilizar el término limoneno, pero en lugar de obligar a usar ese término, recomiendan las denominaciones “aroma limón” o “aroma a limón”, y se quedan tan tranquilos. No hace falta explicar nada. En realidad el limoneno es una sustancia que puede obtenerse de manera natural, pero al menos ya nos indicaria que no se está utilizando simplemente limón, o se podría, sencillamente, obligar a emplear el término “sintético” cuando fuera el caso.

 

Así que los aromas y sabores son actualmente uno de los puntos negros de nuestro etiquetado, y se debería exigir a las autoridades correspondientes que fuera mucho más transparente de lo que actualmente es, al fin y al cabo seguimos sin saber qué es exactamente lo que contiene nuestra comida.

 

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