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¿Marketing o engaño? Las prácticas dudosas de los supermercados


Recientemente un artículo de El País ha dado a conocer algunas prácticas de los supermercados para incitar al consumo. Recomiendo su lectura, ya que este post no tiene la intención de hacer un resumen sino de comentar lo que me ha llamado la atención. De todas formas creo que se puede entender sin haber leído el artículo.

 

El marketing se ha convertido en el arma por excelencia para toda empresa que se quiera llevar a cabo, sea corporativa o personal. La mayoría de las veces tiene sentido, si quieres ofrecer algo a los demás tienes que darte a conocer, y en este mundo repleto de todo no es fácil. Es el complemento perfecto para un buen producto. Hasta ahí todo perfecto.

El problema viene cuando esta herramienta no es la parte final de la estrategia, sino la pura base. Que ya no importe tanto si un producto es de calidad o es necesario y el verdadero esfuerzo sea estudiar la psicología de los consumidores para hacerles caer en una trampa. Es entonces cuando se convierte en un juego sucio y sin sentido.

 

Parece que quedaron atrás los días en que se testaban los productos de una manera racional, dándole importancia a la opinión del consumidor. Eso ya no les interesa, ¿y qué es lo que les importa? Nuestras decisiones irracionales, atacar directamente a nuestros sentidos, aprovecharse de nuestra orientación al placer. Tal es la importancia de todo esto que se están usando las neurociencias para manipularnos. Muy interesante es lo que revela este artículo sobre un supermercado ficticio, llamado Shopper Lab, situado en Barcelona, en el que se utilizan medios de alta tecnología para medir nuestros impulsos y estímulos ante un determinado producto.

 

Esto es tan solo la primera fase de la estrategia, que más tarde es reforzada mediante una serie de acciones en cadena que cubren todos nuestros sentidos y todas las fases de nuestro proceso de compra, desde hacernos entrar al super hasta nuestra espera en la caja.

Poner los artículos imprescindibles al final del establecimiento para que en el camino se nos antoje algo, situar artículos complementarios juntos para que los compremos como pack, como ocurre con los refrescos y aperitivos, o utilizar el compromiso social como estrategia son algunas de las prácticas que se están llevando a cabo actualmente.

 

Pero si hay algo que me ha llamado poderosamente la atención, y me parece un escándalo por la falta de respeto absoluta al consumidor, es la llamada rotación de productos. Esta práctica no se debe a una necesidad del establecimiento, es de nuevo otra estrategia de marketing. Lo grave del asunto es que saben lo molesto que nos resulta a los consumidores, y se jactan de ello, alabando su propia inteligencia. Las palabras literales (según El País, claro) de una profesora de Publicidad y Relaciones Públicas, Ana Ullod, son las siguientes: “Es justo la idea, que mientras buscas lo que te hace falta te fijes en otras cosas […] Aunque irrite, si no es frecuente se tolera”.

Todo es una falta de respeto hacia el consumidor, todo es escandaloso, y hay prácticas mucho peores que esta, pero que a sabiendas del malestar que nos produce cierta actividad sigan ejecutándola en virtud de su propio beneficio, es humillante y vergonzoso.

 

¿Y cúal es la causa de todo esto? Cuidado, que lo van a disfrazar de elogio. Clientes inteligentes y empoderados. Algo que parece ser les fastidia bastante. Pero han encontrado una excusa, se llama “facilitar la compra y ofrecer la mejor experiencia posible”. No sé, igual nos tienen que poner un spá algún día para que tengamos la “mejor experiencia”, o invitarnos a unas cañas al salir. Bueno, ya os invitan a muchas cosas, así que esa idea ya la han tenido.

Otros ya ni se molestan en disimular, y abiertamente comentan que como el cliente es más difícil de manipular, hay que hacerlo de otras formas.

 

Pero vamos a ver, yo me pregunto: ¿cúanto cuestan esos estudios? ¿Y ese hervidero de actividad y sofisticación? Y cuándo la mayoría hayamos descubierto la jugada, ¿qué va a ser lo próximo y cuánto va a costar? Parece ser que menos que hacer productos de calidad, porque después de tanto estudio de esto y lo otro no parecen saber algo básico: un buen producto se vende solo. Algunos los necesitaremos, otros serán por capricho, pero si son buenos los seguiremos comprando sin necesidad de toda esa parafernalia, e incluso los recomendaremos.

Los consumidores, aunque actualmente estamos cayendo en este tipo de trampas, sabemos reconocer algo de valor. Esas son las únicas cosas que van a perdurar y se van a seguir vendiendo. Para las demás, ¿tendrán que volver a gastar dinero en nuevas técnicas, hasta que dejen de funcionar, y así hasta la eternidad? ¿Prefieren gastar su dinero en eso que directamente en fabricar algo de calidad, que responda a unas necesidades reales? Por muy sofisticado que parezca, es como matar moscas a cañonazos.

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